miércoles, 3 de agosto de 2016

Cine de culto: Blade Runner


Cine de culto: Blade Runner



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EL PRÓXIMO AÑO SE CUMPLEN 35 AÑOS DEL ESTRENO DE ‘BLADE RUNNER’ Y LO CELEBRARÁ CON EL ESTRENO DE UNA SECUELA QUE DIRIGE DENIS VILLENEUVE, RESPONSABLE DE FILMS TAN RECOMENDABLES COMO ‘PRISIONERS’ O ‘SICARIO’

APROVECHANDO QUE EN LOS ÚLTIMOS DÍAS HAN APARECIDO LOS PRIMEROS CONCEPT ART DE LA SECUELA REMEMORAMOS EL CLÁSICO DE LA CIENCIA FICCIÓN Y PELÍCULA DE CULTO DE RIDLEY SCOTT

Lo primero que tengo que decir, es que es una de las películas sobre las que me da miedo escribir. No solo porque es una película que me gusta mucho, y en la que cada vez que la veo, descubro algo nuevo y diferente (y no solo debido a los innumerables montajes que existen de ella, y de los que me ha visto casi todos, pues poseo la versión en VHS, el primer DVD que salió con montaje del director, y sin doblar al castellano, y el definitivo Director’s Cut de 2008), sino también porque sé que es una película de culto, con muchísimos fans en todo el mundo que, sin duda, podrían ser muy críticos con lo que se escribiera sobre ella.
Tras volver a ver el documental que acompaña a la última edición en DVD, y que dura la friolera de 3 horas y media, lo que me queda, sin duda, es la cantidad de dificultades por las que atravesó la película. Pero hablaremos más adelante sobre ello.
La película está basada de refilón en una de las novelas del maestro de la ciencia ficción Philip K. Dick, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Con un guión de Hampton Fancher y David Peoples, narra como si una película de cine negro se tratara (y lo es también), un episodio en la vida del detective y Blade Runner, Rick Deckard. Los Blade Runners son los encargados de “retirar” a los replicantes que se escapan de las colonias y llegan a la Tierra. En el año 2019, han llegado cuatro, y se encarga a Deckard que los retire. Estos cuatro son del último modelo de la Tyrrell Corporation, Nexus 6, muy inteligentes por estar creados por el dueño y genio de la empresa, lo que hará muy difícil el encargo a Deckard. Para ayudar a su localización, se le proporciona una entrevista con uno de los replicantes que Tyrrell guarda en su empresa sin que este sepa realmente lo que es. Se trata de un modelo femenino, que busca la ayuda del detective al darse cuenta de su propia condición. Ambos comienzan una accidentada relación, en medio de la busca y retiro de los otros replicantes.
Harrison Ford en Blade Runner
Una película pausada (que no lenta), y que abordó en el guión Hampton. Este quedó agotado de los continuos cambios que Ridley Scott le proponía, y ante su negativa, Scott, buscó ayuda en otro guionista, David Peoples. Los problemas no acabaron en el guión, ya que el proyecto tenía una gran envergadura y hacía falta buscar más financiación, pues se doblaba el presupuesto inicial. Cuando por fin se consiguió, se hizo rápidamente, y sin mucha posibilidad de negociación, lo que dio un excesivo control en el montaje a los que habían puesto la pasta.
Para la elección del elenco de actores, se llegó a proponer como protagonista a Dustin Hoffman, tras haber desechado la primera opción que era Robert Mitchum. Hoffman se implicó mucho en el proyecto, pero la duración de la preproducción se alargó tanto, que al final quedó completamente desvinculado y se tuvo que buscar a otro protagonista. Scott había oído hablar muy bien a Steven Spielberg de Harrison Ford, que buscaba un papel más dramático que los dos que había interpretado recientemente (Star Wars e Indiana Jones), y aceptó el papel. Un papel, que bien puede decirse que ha sido el mejor de su carrera.
Para el personaje de la replicante femenina y pareja de Deckart, y tras un largo casting y un montón de pruebas, Scott quedó prendado de la frescura de una joven Sean Young, que tan solo contaba con 22 años. Uno de los mayores problemas de Young era su inexperiencia, lo que le valió la dependencia de Scott y la exasperación de su compañero Ford, con el que mantuvo más de una discusión, en la que ella acababa llorando. Esto sin duda benefició a la actuación de ambos, y se puede apreciar en al película toda esa tensión sostenida a lo largo de casi todas las escenas que comparten. Algo que como digo, vino muy bien para el desarrollo de esta extraña relación.
fotograma de Blade Runner con Sean Young y Harrison Ford
Rutger Hauer fue el líder de los replicantes. También con una actuación soberbia, llena de improvisación y aportes por su parte, lo que le dio ese carácter de juguetón, ambiguo, y asilvestrado que tan bien la sienta al personaje. De hecho, el monologo final de su muerte es prácticamente invención suya, y ha quedado grabado a fuego en la mente de los muchos que, como yo, son fans de la película: esos “recuerdos, que se perderán como lágrimas en la lluvia” aún me pone los pelos de punta.
En el cast tenemos también a una atlética Daryl Hannah, como replicante acompañante de Hauer. Brillante también. Y podemos nombrar a otros grandes secundarios con grandes papeles, como Eduard James Olmos con esa Interlingua basada en numerosos idiomas que él mismo se inventó, Joanna Cassidy, M. Emmet Walsh,…
Tras un rodaje tumultuoso, lleno de humedad, lluvia, suciedad, con Scott llenándolo todo de humo procedente de carbón quemado para aún dar más la impresión de un futuro sin mucho futuro (valga la redundancia), donde todo es oscuro y triste, se llegó al montaje. Aquí vinieron los grandes problemas, pues los productores querían una película que el gran público entendiera, algo que no parecía muy claro tras unos primeros visionados de prueba. Empezaron con los recortes de escenas para ellos innecesarias, metieron una voz en off, para que todo quedara mucho más claro.
Es algo que entiendo, pues yo he visto el montaje doméstico, que es el que hicieron los productores con voz en off, y la última versión, con lo que supuestamente de verdad quería hacer Scott, y sin duda, para mucha parte de público, y sin haber visto el montaje “fácil”, puede ser difícil de ver, o incluso aburrida por esos momentos, en los que no hay dialogo, pero las imágenes hablan por si solas. Algo muy parecido me pasó con ‘Drive’, alabada por muchos (entre los que me encuentro) y ninguneada por otros, por su “lentitud”.
Detrás de las cámaras Blade Runner
La recepción por parte del público y la crítica, tampoco ayudó mucho, pues el estreno coincidió con otro de los grandes de la ciencia ficción, ET. Y parte de la crítica la tachó de compleja y lenta. Sin duda, lo que fue es adelantada a su tiempo, lo que jugó mucho en su contra a la hora de ganarse al público, aunque el tiempo la ha puesto en su sitio, siendo considerada hoy en día como un gran clásico del cine de ciencia ficción, una obra de culto para muchos, y perfecta para otros.
Solo me queda una cosa por añadir (bueno, muchas, pero no quiero aburriros con un exceso de detalles), os recomiendo que tras su visionado, le deis una oportunidad al documental rodado que va en la última edición en Blu Ray y DVD, pues a pesar de contar con una extensa duración, en el podréis ver desde detalles de la filmación, anécdotas, declaraciones de los actores, productores, guionistas, director,… escenas eliminadas, pruebas de escenas, multitud de diferentes puntos de vista, e incluso diversas pruebas de casting para los actores fichados y eliminados. En fin, una gozada de reportaje.
Espero haberos animado a volver a ver esta magnífica película, y si nunca la habías visto a que la descubras. Imprescindible para cualquier buen cinéfilo y aficionado.

miércoles, 8 de octubre de 2014

Javier Avilés Viaplana,. Es toda una experiencia vivir con miedo, ¿verdad?

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Obra: Alejandro Zacarías

Mais, vrai, j’ai trop pleuré ! Les Aubes sont navrantes.
Toute lune est atroce et tout soleil amer :
L’âcre amour m’a gonflé de torpeurs enivrantes.
Ô que ma quille éclate ! Ô que j’aille à la mer !
Arthur Rimbaud, Le bateau ivre

Recuerdo.
Recuerdo la primera vez que vi Blade Runner. Recuerdo que por aquel entonces las películas podían permanecer meses en cartelera. La vi cinco veces en aquel frío, lluvioso y lejano mes de noviembre. Recuerdo que sentí, con una certeza implacable, que aquella era la película de mi vida, que marcaría a toda nuestra generación, que se convertiría en el emblema que finalmente ha devenido
Es posible que para la generación anterior a la mía, que había sufrido una guerra y/o sus consecuencias, Casablanca de Michael Curtiz era la película que los definía. Un drama romántico en los que se defienden una serie de valores, la abnegación, el valor, la renuncia… es decir todas aquellas actitudes que ellos, por sus circunstancias personales, no pudieron mantener. Casablanca defiende, de una manera irónica si se quiere, unos valores. Rick Blaine es un personaje aparentemente ambiguo con unas sólidas convicciones morales.
Pero ¿qué valores morales defiende Blade Runner para convertirse en nuestra película generacional?, ¿qué virtudes amerita Rick Deckard para convertirse en nuestro héroe? (Espero que a nadie se le pase por alto la coincidencia de los dos Rick).
Deckard es reintegrado al servicio para retirar a unos replicantes fugados. Su persecución de los androides es desastrosa: mata a Zhora por la espalda, Rachael dispara a Leon justo cuando éste va a matar a Deckard, sólo la arrogancia atlética de Pris le permite eliminarla, y Roy Batty… en fin, Batty le permite continuar con vida, o más bien con la duda de si su vida le pertenece.
Deckard es un fracaso. La ealidad de Deckard está impostada. El futuro de Deckard es la nada, que contrasta con las bucólicas imágenes de la nave sobrevolando los campos.
Recuerdo que cuando salí del cine aquella primera vez (¿llovía?) repetía una y otra vez una frase, que quizás es el legado generacional que Blade Runner nos dejó. Y no se trata del parlamento de Batty. Es algo que dice el lacónico Gaff y que Deckard recuerda: “Lástima que ella no pueda vivir. Pero, ¿quién vive?” . Era noviembre, no llovía, Pero, ¿quién vive?
Después pasó el tiempo y la película se fue convirtiendo en aquello que presentí la primera vez que la vi. Llegaron nuevas versiones que hacían explícito aquello que supimos al ver la película, no sólo que Deckard era un replicante sino que todos nosotros lo somos. Blade Runner constituye una referencia narrativa y su importancia se multiplica por la influencia que ha tenido en posteriores películas.
La filosofía del siglo xx puso en duda la validez de nuestra inferencia de la Realidad,  Philip K. Dick basó su narrativa en esa idea y, finalmente, Blade Runner la popularizó.
Por eso, en ocasiones, cuando se cita hasta el hartazgo el parlamento de Batty, me llevo las manos a la cabeza y pienso que no se trata de eso, no.
Dicen que originalmente el parlamento final de Roy Batty no aparecía en el guión y que Rutger Hauer lo improvisó, dicen, dejándose llevar por su admiración por Rimbaud. Es posible que la única frase que apareciese en el guión fuese la última, “Time to die”, pues es lo mismo que le dice Leon a Deckart. Es decir, suponiendo que los replicantes tuviesen, según el guión, cierta limitación verbal, (en la novela de Dick no son demasiado avispados, incluso algo ingenuos), o siguiesen ciertos patrones programados de reacción, es posible que el parlamento de Batty no fuese distinto originalmente al de Leon. Podemos compararlos:
Leon: Painful to live in fear, isn’t it? Nothing is worse than having an itch you can never scratch. Wake up! Time to die.
Batty: Quite an experience to live in fear, isn’t it? That’s what it is to be a slave. (parlamento famoso) Time to die.
Es decir, el picor y el rascarse han sido substituidos por astrales registros de inminente caducidad y armagedones de dimensiones pangermánicas. Tiempo de morir. Y mueren.
La diferencia entre ambas muertes es la intensidad poética de la de Batty. Su “I’ve seen things you people wouldn’t believe” está considerado como uno de los mayores alegatos jamás pronunciado (y más repetido, citado y mencionado) de la historia del cine, quizás porque apela a nuestra individualidad y unicidad como personas, a nuestra validez como seres humanos y a nuestra caducidad.
Pero en lo que los dos replicantes insisten es en la experiencia de vivir con miedo. La idea de la muerte inminente e inevitable nos convierte en esclavos desesperados. Y Deckard siente el miedo y solo circunstancias ajenas a él, le salvan en su enfrentamiento a los Nexus 6. Mientras que en la novela de Dick, Deckard “retira” con eficiencia a los “andrillos”, a pesar de que estos son de una serie más avanzada a la de los replicantes que suele “retirar”, en la película Deckart se siente completamente desbordado por los Nexus 6.
El legado generacional no es solo la persistencia del fracaso de Deckard sino también la imposición de una lucha contra fuerzas que nos superan.
Y, sobre todo, nuestra propia consciencia de nosotros mismos y la duda de si somos aquellos que creemos ser.
“¿Sueñan los androides?, se preguntó Rick. Era evidente: por eso de vez en cuando mataban a sus amos y venían a la Tierra. A vivir una vida mejor, sin servidumbre”
Uno de los temas principales de Blade Runner es el implante de recuerdos sintéticos en el cerebro de los androides de forma que estos puedan efectuar su labor, básicamente trabajos indeseables, sin alteraciones psíquicas. La cuestión es que el implante hace que se sientan plenamente humanos, eludiendo su autopercepción como máquinas o símiles humanos funcionales. Pero incluso hace que dudemos de todo aquello que nosotros, humanos, creemos saber sobre nuestras propias experiencias.
Estamos en 2019. Roy Batty es un androide de la serie Nexus 6, “Fecha de creación 2016. Ejemplar de combate. Autoeficacia óptima”. Su caducidad es de cuatro años. No se especifica de dónde se han escapado los “replicantes”, únicamente se menciona que “hubo fuga de las colonias del mundo exterior hace dos semanas. Seis replicantes, tres varones y tres hembras, asesinaron a veintitrés personas y asaltaron una lanzadera”. Ni en la novela ni en la película se especifica nada respecto a las colonias humanas fuera de la Tierra, ni a que distancia se encuentran. Tan solo que los androides (replicantes) son empleados como esclavos en tareas de exploración y colonización de otros planetas. La colonización de Marte es una de las ideas recurrentes en la narrativa de Philip K. Dick. El planeta se presenta como un lugar agreste y deprimente, que se resiste a ser terrificado por unos colonos deprimidos a causa de sus ímprobos esfuerzos lo que los lleva a buscar alivio en sustancias recreativas.
No nos engañemos. A pesar de que la narrativa de Dick contempla todos los tópicos de la ciencia ficción, la verdad es que se limita a trasladar al futuro, a las colonias, a naves espaciales como pecios en el vacío, los problemas humanos de la sociedad de las décadas de los sesenta y setenta del siglo pasado. En ese sentido no ha envejecido muy bien. Por ejemplo, resulta paradójicamente gracioso, leer en la actualidad sobre una sociedad marciana dividida en sectores geopolíticos en la que tiene especial hegemonía la Unión Soviética. Por eso sus novelas más celebradas en la actualidad son aquellas en las que, a pesar de sus equivocadas predicciones políticas para el futuro, se cuestiona la Realidad, y cómo la Percepción de la Realidad, sea real o no, constituyen una Nueva Realidad indistinguible de cualquier otra Realidad. La narrativa de Dick es la narrativa del solipsismo.
Pero esta Realidad en la que viven los personajes de Dick no es un entorno sólido y consistente. Hay otro detalle significativo que aparece recurrentemente en sus textos, la degradación de esa Realidad subjetiva:
Kippel son los objetos inútiles, las cartas de propaganda, las cajas de cerillas después de que se ha gastado la última, el envoltorio del periódico del día anterior. Cuando no hay gente, el kippel se reproduce. Por ejemplo, si se va usted a la cama y deja un poco de kippel en la casa, cuando se despierta a la mañana siguiente hay dos veces más. Cada vez hay más. (…) Es un principio básico: todo el universo avanza hacia una fase final de absoluta kippelización.
El kippel en Dick viene a ser la manifestación física y palpable de la entropía. En Blade Runner esa idea de constante deterioro y acumulación fue sustituida por una persistente lluvia. Casual o premeditadamente, Batty se refiere a la lluvia en sus últimas palabras. La lluvia, que simboliza la muerte en las películas japonesas, deviene así en el símbolo de la homogeneización de los procesos físicos en cuanto popularmente se asocia entropía de un sistema a la irreversibilidad del “desorden”. La muerte energética del Universo supondría el estado de máxima kippelización. No hay lugar para la vida en un Universo absolutamente repleto de kippel. De ahí la lluvia.
Pero me da la impresión de que estas elucubraciones van mucho más allá del sentido que en su momento quisieron darle al parlamento de Batty. La belleza de sus palabras, la intensidad dramática que transmitían, la idoneidad de todo ello como momento culminante, de alguna manera hicieron que tanto los realizadores de la película como los espectadores olvidásemos detalles importantes e incongruentes.
Roy Batty tiene tres años cuando pronuncia sus célebres y herméticas frases. Recordemos, Nexus 6, ejemplar de combate, autoeficacia óptima. Ha visto cosas que no creeríamos. ¿Seguro? ¿Las ha visto? ¿Los rayos C brillando en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser son un recuerdo de sus experiencias personales como androide (replicante) o un recuerdo implantado para conseguir mayor eficiencia en combate? Cuando habla de haber estado “más allá de Orión” no puede referirse a la constelación ya que no es un lugar físico sino una proyección que solo tiene sentido desde nuestra perspectiva terrestre, ya que se trata de un grupo arbitrario de estrellas a distinta distancia de la Tierra. Batty debe referirse entonces a la Nebulosa de Orión. Pero la Nebulosa se encuentra a más de 1200 años luz de la Tierra. ¿Debemos inferir entonces que existe una forma de transporte hiperespacial para que Roy Batty, además de participar en batallas estelares en la Puerta de Tannhäusser, pueda haber estado en un periodo de menos de tres años “más allá de Orión” y haber vuelto? ¿O quizás lo que nos está diciendo el parlamento de Batty, ya no sé si casualmente o de forma premeditada, aunque me decanto por lo primero, es que nada de lo que Batty cree haber visto lo ha visto en realidad, qué todos esos momentos no son más que recuerdos implantados? Y a lo que nos conduce este razonamiento es a que nada se perderá como lágrimas en la lluvia ya que todos esos momentos están archivados en el banco de memorias de la Tyrell Corporation. Recuerdos con Copyright.
Batty se equivoca. Deckart se equivoca. Hauer se equivocó. Ridley Scott y todo su equipo se equivocó. Y lo que es más importante, todos los espectadores nos equivocamos.
Al asumir el parlamento de Batty como referido a sucesos acaecidos, cometemos el error de dar veracidad a unos hechos en una película en la que se relativiza la importancia de la personalidad, la individualidad y la humanidad de sus personajes, en la que los recuerdos y la memoria son cuestionables. La tesis final nos lleva a revalorizar todos esos valores, sean adquiridos por nuestra propia existencia humana o implantados. De hecho, nos dicen, no hay diferencia entre una vida orgánica común y una artificial que la imite.
Personalmente creo que la diferencia sí que es relevante, aunque en definitiva todos vivimos como esclavos sintiendo miedo. Y eso me lleva a una conclusión delirante: Puesto que todos, seamos sin poder distinguirlo humanos o replicantes, somos esclavos, debemos tener un Amo al que servimos sin saberlo.
Obviamente no hay más Amo que la Tyrell Corporation. Y ese es otro de los legados generacionales que nos deja Blade Runner.
Podemos pensar que Blade Runner no ha sido filmada jamás. Que es un recuerdo implantado.
La próxima vez que alguien cite las palabras de Roy Batty antes de morir piense en esto: Usted NO ha visto Blade Runner, sólo recuerda haberla visto.
Recuerdo haber visto por primera vez Blade Runner una lluviosa tarde de noviembre.
Todos debemos morir. Pero, ¿quién vive?
AUTORES
(Barcelona, 1962) publicó la novela Constatación brutal del presente (2011) y edita desde el 2004 El lamento de Portnoy, un blog de referencia en el que escribe sobre cine y literatura desde los límites a menudo difusos entre la realidad y la ficción, y por el que obtuvo el premio Revista de Letras al Mejor Blog Nacional de Crítica. Colabora en diversas revistas digitales, como Hermano Cerdo, y en la revista literaria Quimera.

Rogelio Flores, El otro monólogo

Obra: Alejandro Zacarías
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No hay anuncios clasificados para asesinos en el periódico. Esa era mi profesión: ex policía, ex blade runner.
Es muy difícil, casi imposible, imaginar un cinéfilo que no conozca esta película y su trama. Blade Runner es un monstruo cinematográfico del que se ha dicho todo y sin embargo permanece como una fuente inagotable de reflexiones. Es una historia demasiado triste, pero también hermosa; desoladora, pero también llena de esperanza; una obra maestra de sabiduría, pero que genera en quien la ve más dudas que certezas.
No es fácil acercarse a ella a profundidad por sus distintas versiones. Como a todos sus seguidores, muchas veces me han preguntado sobre cuál de todas es mi favorita, y yo nunca he podido inclinarme por alguna en particular, porque a mi juicio, todas conforman una sola, que incluso podría seguirse alimentando. Más que un filme, Blade Runner es un universo narrativo, un discurso filosófico y posmoderno; y como tal, requiere más de un acercamiento, más de un sólo ángulo desde el cuál ser observado.
A mi entender son tres las versiones conocidas: la que se estrenó en 1982 y representó un fracaso en taquilla; la que ya reivindicada como objeto de culto se anunció como “el corte del director” en 1991, año de su reestreno triunfal en las salas de cine; y la que, finalmente, prometió ser “el corte definitivo”, lanzada en 2007 y mejorada con la tecnología del nuevo milenio. Por fortuna para los cinéfilos, hoy en día se puede acceder a todas ellas. Más a las dos últimas que a la primera, ciertamente.
Y es que sobre la primera pesa cierto “desprestigio” —que yo no comparto—, que la hace la menos popular de las tres. Esto se debe a que fue modificada de su concepción original por criterios que en su momento se calificaron como “hollywoodenses” o “comerciales”. Dos de sus principales figuras, incluso, fueron críticos de esta versión: Ridley Scott, el realizador, y Harrison Ford, su protagonista.
Para ambos, la película de 1982 pecó de ser excesiva en la información que se dió al público mediante el uso de una voz en off; en la que el personaje protagónico, Deckard, contaba la historia en primera persona a la usanza del cine negro (Sunset boulevard, de Billy Wilder, The Killing de Stanley Kubrick y The night of the hunter de Charles Laughton, por poner tres ejemplos).
¿Y qué es lo que veíamos ahí, lo que él nos contaba? Una historia sencilla en apariencia: Deckard, un policía de la división blade runner, ya retirado, divorciado y con gusto por el alcohol, debía volver al oficio para recorrer la ciudad de Los Ángeles y así encontrar y ejecutar a cuatro individuos, dos hombres y dos mujeres, considerados peligroso en extremo: seres humanos artificiales llamados “replicantes” de la generación Nexus 6. En el camino terminaba cuestionando sus actos y sintiéndose fuertemente atraído por una mujer, Rachel, quien también un replicante.
Pero no sólo era esta voz en off que relataba lo anterior lo que parecía fuera de lugar para su director, sucedía que toda la atmósfera de desolación construida a lo largo de su narrativa se veía comprometida con un final feliz en el que Deckard y Rachel conseguían evadir su destino trágico en los últimos minutos. Aún así, con este happy end, la historia no dejaba de ser profunda, ni de plantear interrogantes existenciales sobre la naturaleza del bien, el mal y la humanidad. Principalmente, por su complejo antagonista: Roy Batty, un villano que en los últimos minutos se convertía en héroe robándose con ello el protagonismo de la cinta.
Así, Blade Runner en su primer versión cosechó muchos seguidores, mismos que año con año se fueron multiplicando y terminaron por reivindicarla tal como ya mencionamos antes, como un verdadero objeto de culto.
Lo anterior permitió que Ridley Scott la editara de nuevo, eliminando con ello lo que consideraba excesivo o incongruente y añadiendo también una escena muy breve, pero que revelaría lo que algunos ya sospechaban: la condición de Deckard como uno más de las replicantes. Eso cambiaba todo, lo hacía más trágico, más humano.
No se supone que los replicantes tengan sentimientos. Tampoco los blade runner. ¿Qué diablos me estaba pasando?
Además de lo mencionado de manera anecdótica, Blade runner, en sus distintas versiones, construyó una alegoría del hombre que combate consigo mismo en una guerra perdida de antemano, donde el único sentido que tienen su vida y su muerte, es mantener, o quizá recuperar la dignidad humana. Y esta, paradójicamente, no está en los seres humanos sino en sus versiones artificiales, los replicantes, villanos por decreto del estado, responsables de un crimen imperdonable; querer trascender su condición de seres humanos de segunda.
La pequeña rebelión es lidereada por el personaje llamado Roy Batty, el más perfecto de todos los replicantes, hecho a imagen y semejanza del nuevo Dios y su iglesia: la ciencia y el capitalismo salvaje, respectivamente, quienes sólo crean vida para su explotación sistemática. Para él y sus compañeros trascender su calidad de ganado y esclavos, es trascender la muerte, y disfrutar los últimos instantes de su existencia es encontrar la vida eterna.
Como contrapeso a él está Deckard, el gemelo oscuro que ignora su parentesco. Él es la corrupta y fascinante ciudad de Los Ángeles; el inhumano brazo de la ley, el héroe que muta al villano y finalmente a victima de la historia; quién consigue salvarse milagrosamente en el último momento, sólo para adquirir conciencia de su muerte cada vez más próxima, en el momento en que se descubre su condición y el papel que ha jugado en la tragedia: el asesino de los suyos.
El reporte dirá: “retiro de rutina de un replicante”, lo cual no cambiará el hecho de que le disparé a una mujer por la espalda. Ahí estaban otra vez: sentimientos.
Ya he calificado a Blade Runner como una película posmoderna, aquí las razones.
En el libro Permanencia voluntaria. El cine y su espectador, Lauro Zavala reflexiona sobre tres momentos del cine: el clásico, el moderno y el posmoderno. El primero agrupa a las convenciones visuales, dramáticas y de estructura narrativa que dieron lugar a los cánones. El segundo, se constituye con los recursos estéticos que subvierten lo clásico, para así evidenciar la presencia del realizador. Para el clásico, lo más importante es la construcción de los géneros; para el moderno, es el autor quien está por encima de todo (de ahí que cuando hablamos de cine decimos: vi unwestern”, o “me gusta el cine de Fellini”).
En el cine posmoderno los discursos se tornan más complejos, pero también más profundos y empáticos para con el espectador, al incorporarlo en la narrativa, al establecer un “dialogo” con él. Este “diálogo” no aparece en el texto fílmico de manera explícita, pero sí en ciertos signos, “guiños” o referencias que lo invitan a ser parte del discurso, o bien a asomarse a otras obras convirtiendo así, el texto en un metatexto con la capacidad de tener diversas lecturas. En este momento del cine, lo más importante es quién lo codifica: el espectador, y el discurso cinematográfico definitivo es el que él mismo ordena en su mente.
Y Blade Runner es un ejemplo de ello. A eso me refería al inicio de este texto con que todas las versiones de la película conforman una sola y que incluso podría seguirse alimentando.
Recordemos que lo posmoderno no es lo posterior a lo moderno, es su oposición. La modernidad basó su filosofía en el racionalismo y la ciencia como maneras de alcanzar el progreso. La posmodernidad viene a ser una crítica acérrima hacia ambos dogmas, ya que ni “la razón”, ni “la ciencia” impidieron el retroceso ético y humano que representaron los totalitarismos del siglo xx: el extermino y la explotación del hombre por el hombre. De hecho, racionalismo y ciencia son las bases en que se ha edificado la industria armamentista y bélica; que a su vez, encontró en el bien común y la democracia (o en su simulación), la manera ideológica de justificar su existencia.
La posmodernidad es, por así decirlo, la filosofía del desencanto, la duda y la paranoia, la filosofía del relativismo donde conceptos como “bueno” y “malo”, sólo cobran sentido cuando se contextualizan. Por ello, necesita de distintos puntos de vista de la realidad y de la obra misma, de un discurso ramificado más de que uno lineal. Para hacerlo, utiliza figuras retóricas como la citación, la alusión, la parodia, el pastiche, el collage, el remake y la metaficción. Y Blade Runner es todo esto.
El cine posmoderno —y Blade Runner es un buen ejemplo—, duda de la democracia, de la historia, del progreso y del lenguaje. El cine posmoderno señala la fragilidad del cine y sus convenciones, pues sabe que son parte de las simulaciones del capitalismo. El cine posmoderno duda, y al hacerlo, siembra interrogantes sobre la realidad. Interrogantes que ya no son respondidas dentro de la obra, sino fuera de ella y por el espectador. Digamos entonces que el posmoderno es más que un cine de autor, uno de espectador.
Blade Runner es un juego de espejos en el que observamos y somos observados desde la primera escena por una ciudad apocalíptica y un ojo inmenso, como si la prueba Voight-Kampff también nos la hicieran a nosotros, el público. O como si fuéramos Rachel, convencidos de un pasado que no tuvimos, o el mismo Deckard, predadores de nuestros hermanos por cómo nos han programado con simulaciones y mandamientos inhumanos.
Sobre la condición de pastiche de Blade runner, que nos la hace muy familiar, el escritor español Rafael Argullol nos dice en su ensayo “También Zeus debe caer”: “Este escenario nos es verosímil porque nos muestra un futuro que tiene grabadas las imágenes de esos pasados, a pesar de que la tempestad del tiempo ha desfigurado sus huellas, distorsionándolas y mezclándolas en un laberinto de incertidumbre. Las calles de Los Ángeles son también las calles de Praga por donde merodea el Golem. Sus arquitecturas son también pirámides mayas y templos clásicos. Sus muchedumbres son también las muchedumbres de cualquiera de nuestras metrópolis. El desafío se desarrolla entre las sombras chinescas de la historia”. Yo agregaría al coctel la estética de la novela policiaca y del cine negro —el mismo Ridley Scott consideró en su momento a Deckard como un Phillip Marlowe del futuro—, así como elementos bíblicos: Tyrell, el omnipresente y omnipotente creador de los replicantes es Dios; la ciudad de Los Ángeles es Babilonia y Gaff, el otro blade runner, su habitante (por ello su lenguaje inteligible el “cityspeak”,mezcla de todas las lenguas). ¿Quién sería entonces, en esta lógica, Roy Batty, quién Deckard?, ¿Abel y Caín?, ¿Moisés y el Faraón?, ¿Jesús y Judas?
No sé por qué me salvó la vida. Quizá en sus últimos momentos amó la vida más que nunca. No sólo la suya, la de cualquiera, la mía. Todo lo que quería eran las mismas respuestas que el resto de nosotros ¿de dónde vengo?, ¿a dónde voy?, ¿cuánto tiempo me queda? Sólo atiné a quedarme sentado, viéndolo morir.
En la parte final de la película Roy Batty llega a su creador gracias a una jugada infalible de ajedrez. Tyrell alaba su perfección, lo llama “hijo pródigo” e intenta satisfacerle con pobres respuestas cuando el replicante exige más vida. El encuentro termina de manera nietzscheana cuando el Nexus 6 asesina a su Dios. Deckard, por otro lado, en su caceria ha dado muerte a Pris, la amante de Batty. Todo apunta a último enfrentamiento y este llega: replicante y blade runner se encuentran; la presa y el cazador, el villano y el héroe intercambian papeles.
La lucha es desigual. El replicante se impone, tanto física, como moralmente y el detective termina colgado de una viga de acero, a merced de su propio peso y con los dedos fracturados. Dando una lección de generosidad a su fallido verdugo, Roy Batty lo salva a de la muerte y es entonces cuando la escena más famosa de la película cobra vida: el hermoso y melancólico monólogo del replicante cuya vida se extingue. La escena no sólo es impactante, también da lugar a una interesante analogía. Mojado por la lluvia, semidesnudo, acompañado por una paloma blanca (cuya existencia es insólita, ya que no hay animales silvestres en ese mundo) y con la mano atravesada por un clavo, muere después de perdonar a quien intento asesinarlo. Un instante después el ave se eleva al único cielo azul y limpio de toda la película, como el Espíritu Santo de un Cristo artificial, hecho por ingenieros genéticos.
Deckard lo mira inerte y se sabe indigno, avergonzado y es entonces cuando concluye en su relación de los hechos, en el otro monólogo —el suyo, el que Ridley Scott extirpó quirúrgicamente de la película, pero no de nuestros recuerdos— que nada es más importante que la vida misma, aunque esta, esté condenada a extinguirse y volverse nada.
AUTORES
(Ciudad de México, 1974). Escritor. Ha colaborado, entre otras publicaciones, en Arcana, Cambio, Guardagujas, México Social y Leer+. Es coautor en los libros de cuento El abismo, El infierno es una caricia, Prohibido fumar, Fantasiofrenia: antología del cuento dañado (vol. 2y 3) y Códices en el asfalto, entre otras. Es autor de los libros de cuento Adiós, Princesa y Rocanrol suicida.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Cuando la ciencia ficción se transforma en realidad, Paco Arnau

Casi 30 años después de su rodaje en 1981, Blade Runner —producción estadounidense dirigida por el británico Ridley Scott estrenada en junio del año siguiente— es un film que ha resistido el paso de tres décadas “sin despeinarse” y ha sido considerado por lo más granado de la crítica del género de la ciencia ficción una obra maestra en toda la extensión del término, por mucho que la Academia de Hollywood no pensara lo mismo al no concederle ningún galardón en los Óscar en 1982 (sólo mereció dos nominaciones el año de su estreno).
Indudablemente, para la inmensa mayoría de los cinéfilos y buenos aficionados al género, muchos de los cuales seguramente deben haber perdido la cuenta de las veces que la han visto, Blade Runner no es una película más de ciencia ficción e incluso sobrepasa la tópica definición de “film de culto”: es “La película”. Sin olvidar —claro está— a 2001, la obra maestra de Kubrik estrenada en 1968 y verdadero punto de inflexión de una nueva época para el séptimo arte.
El guión de Blade Runner es un trabajo colectivo que está inspirado —aunque no basado sensu stricto— en la novela editada en 1968 (el mismo año en que se estrenó 2001) ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (Do androids dream of electric sheep? en su título original) de Philip Dick, escritor estadounidense que lamentablemente no pudo llegar a ver la película terminada; falleció apenas tres meses antes de junio de 1982, fecha del estreno de Blade Runner en las pantallas de EU.
La banda sonora es de Vangelis, el conocido y magistral compositor griego de música electrónica. Los escenarios y la ambientación están basados en los trabajos de la excelente generación de autores de cómic de los años 70 y 80, entre los que destaca Jean Giraud, dibujante francés reconocido internacionalmente por su sobrenombre ‘Moebius’ y uno de los principales autores de la revista gala de culto Métal hurtlant (Heavy Metal en su versión en otros países como España, Alemania, Gran Bretaña o EU).
Una película de contrastes La estética, el vestuario y la ambientación de Blade Runner crearon tendencia y aun en nuestros días sigue pareciendo “moderna”… o postmoderna. Una mezcla explosiva de vintage, afterpunk y futurismo… Brillante arquitectura de vanguardia del siglo XXI sobre una capa “sedimentaria” de avejentados edificios de infraviviendas de principios del XX. Elegantes trajes y tocados que homenajean la moda de la década de 1940 junto a crestas y quincallería postpunkies. Sofisticados vehículos aeroterrestres esquivando masas de gente que sólo puede desplazarse a pie en una macro-conurbación sin transporte público… Todo ello embadurnado de una oscuridad brumosa provocada por la contaminación de pozos petrolíferos que agotan las últimas reservas californianas en pleno suelo urbano de esta ciudad fundada por los españoles como Nuestra Señora de los Ángeles en 1781. Los detalles en el atrezzo y la decoración rozan la perfección.Sin ninguna necesidad de recurrir al abuso de efectos especiales (oropel bajo el que se suele esconder la debilidad del argumento en la mayoría de las flojas películas que se estrenan en la actualidad), sólo con profesionalidad y buen hacer cinematográficos, Blade Runner consigue deslumbrarnos y sorprendernos escena tras escena*.
La dirección de esta gran producción de la Warner estuvo a cargo, como hemos dicho al principio, del británico Ridley Scott (Inglaterra, 1937), un verdadero virtuoso y perfeccionista de la gran pantalla que no necesita carta de presentación y que también es el autor de películas tan imperecederas como ésta: Alien (1979, otra obra maestra de referencia obligada en el poco prolífico género de la ciencia ficción), Thelma & Louise (1991) o Gladiator (2000), entre otras.
A las órdenes de Scott actuó en Blade Runner un plantel de actores encabezado por un protagonista Harrison Ford en el papel de Rick Deckard (trabajo que supuso la consagración definitiva de Ford como estrella internacional) y el “holandés errante” Rutger Hauer, que borda el papel del líder de los androides replicantes Roy Batty; junto con otros de carreras más o menos irregulares: una joven y bellísima (rozando los cánones de la perfección) Sean Young en el papel de la glamourosa Rachael, la también joven y bella Daryl Hannah en el papel de la replicante Pris y Edward James Olmos, representando al misterioso, siniestro e intrigante detective Gaff del LAPD.
Un contexto social e ‘histórico’ verosímil porque hoy ya no parece tan de ciencia ficción Sobre el argumento de Blade Runner no nos extenderemos. La acción se desarrolla en una oscura, caótica, depauperada y contaminada gran metrópolis californiana de Los Ángeles a finales de 2019 ó principios de 2020, centro de poder de grandes corporaciones privadas que se han convertido —suplantando al Estado— en dueñas y señoras de vidas (humanas o humanoides), haciendas y de todo cuanto acontece… Un futuro distópico o utopía perversa cuando se rodó la película a principios de la década de 1980 (la correlación de fuerzas económicas y sociales globales era a la sazón ciertamente distinta a la de hoy), pero más verosímil, menos distópico además de temporalmente cercano y en buena medida descriptivo del mundo actual.
Las ineficientes y hostiles pero lucrativas y omnipotentes grandes corporaciones privadas ya superan con holgura la mitad del producto interno bruto planetario así como el de muchos Estados del mundo, además de —en consecuencia— detentar el poder real en buena parte de ellos: las llamadas democracias occidentales y sus empobrecidos países satélites, ya sean vasallos o sometidos por la ocupación y la guerra, como venimos constatando día a día.Dejando al margen que los avances en los campos científico y tecnológico que refleja el 2019 de Blade Runner en absoluto han llegado en nuestros días y es altamente improbable —al paso que vamos— que los veamos llegar en la próxima década, ese mundo depauperado cuyos designios dirigen oligopolios privados en manos de un puñado de desalmados desde sus atalayas de cristal opaco (que tan bien describe este film como ciencia ficción en la época de su rodaje), se parece mucho al mundo actual, en esta etapa de retrocesos sociales globales que comenzó a finales de los 80 y principios de los 90 con sendos acontecimientos históricos europeos de nefastas consecuencias para el planeta y nuestras generaciones.
Seguramente será por eso que Blade Runner no ha envejecido con el paso de prácticamente tres décadas desde su rodaje y estreno. Sin olvidar, claro está, su excelencia desde el punto de vista artístico, algo que no deja de sorprendernos por mucho que revisitemos esta obra maestra una y otra vez… Es por ello que, para terminar, dejamos una pregunta en el aire: ¿por qué ya no se hacen películas como ésta?

viernes, 14 de marzo de 2008

El fino arte de perseguir replicantes, Rodrigo Fresán


Radar, supl. Página 12, Buenos Aires, 11 de agosto de 2002


Costó 28 millones y recaudó 17, eclipsada por rivales como Startrek II y Conan el bárbaro. La crítica la demolió: “incomprensible”, dijeron, “pretenciosa y machista”, “puro cuerpo y nada de corazón”. La mitad del equipo técnico nunca llegó a entender lo que hacía y Harrison Ford, su actor protagónico, todavía hoy la menta con desdén. A veinte años de su estreno, sin embargo, Blade Runner resplandece como el film más innovador e influyente de la ciencia-ficción contemporánea. Rodrigo Fresán cuenta cómo esa oveja negra llegó a convertirse en esta mina de oro.

Así habló Roy Batty, replicante modelo Nexus 6, número de serie N6MAA10816, puesto en funcionamiento el 9 de enero del año 2016: “He visto cosas que ustedes jamás se imaginarían. Naves de ataque ardiendo en el hombro de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tanhauser. Todos esos momentos... se perderán... en el tiempo. Como lágrimas... en la lluvia. Hora... de morir...” Es un gran momento del cine y un gran momento de cualquier género, en cualquier parte: el “malo de la película” agoniza frente al héroe y frente a nosotros –sentados en la oscuridad– y entonces nosotros y el héroe descubrimos que el malo de la película no es tan malo. Y que ha visto tantas cosas que nosotros jamás veremos. Y nos queda un tibio consuelo, pero un consuelo al fin: poder ver una y otra vez al replicante modelo Nexus 6, a Roy Batty, recitar aquello de “He visto cosas...”
Antes
Blade Runner se estrenó en 1290 cines de Estados Unidos el 25 de junio de 1982, pero no llegó a la Argentina hasta nuestro otoño de 1983. En el pasado, las películas tardaban más en llegar a nosotros. Aunque tal vez la verdadera razón de la demora fuera que el film del triunfador Ridley “Alien” Scott –pensado para convertirse en un nuevo fenómeno del tipo Star Wars: no en vano se eligió para lanzarlo el mismo día en que había debutado la película de George Lucas– no salió como se pensaba a la hora de la taquilla y la crítica. Costó 28 millones y recaudó 17. Mal negocio. Al equipo técnico –que durante la filmación no dejó de preguntarse de qué iba todo eso– tampoco le convenció mucho. El actor M. Emmet Walsh (el jefe de policía Bryant) dijo que no entendió nada; a Daryl Hannah (la replicante Pris) le encantó; Edward James Olmos (el policía oriental Gaff) optó por un ambiguo “increíble”; Rutger Hauer (el replicante Roy Batty) la defendió desde el principio; y Harrison Ford (el blade runner Rick Deckard) se quedó en casa. La crítica la definió como “fracaso fascinante”, “ciencia-ficción pornográfica: puro cuerpo y nada de corazón”, “un caos”, “incomprensible”, “pretenciosa y machista”. Y Pauline Kael –implacable y sofisticada crítica de The New Yorker– la remató con un “Si uno de estos días desarrollan ese test para detectar humanoides, mejor que Ridley Scott se esconda muy bien”.Hubo algún gesto de piedad pero sirvió de poco y nada. Blade Runner fue devorada cruda durante un verano plagado de éxitos del género fantástico –y de mucha acción– como Viaje a las estrellas II: La ira de Khan, Conan el bárbaro, la remake de La cosa de John Carpenter y –antes que nada y que ninguno– el E.T. de Spielberg, que marcó a fuego la tendencia alien buenito antes que robot malote. El existencialismo noir de Blade Runner causaba, en el mejor de los casos, cierto intrigante desconcierto. Lo que para el gran público pochoclo y coca es apenas otra de las muchas maneras del aburrimiento.
A mí –aclaro, por si hace falta, que todo esto está escrito por un fan confeso, y orgulloso de serlo– me gustó mucho. Las películas que más nos gustan no sólo tienen la propiedad de quedarse para siempre en nuestra vida sino que, además, fijan en nuestra memoria el momento exacto en que las vimos. Yo me acuerdo que la vi la noche de su estreno en el cine Monumental, que llovía, que salí como si volviera de otra época y que la calle Lavalle se parecía tanto al Los Angeles del 2019. Todavía vivíamos y moríamos bajo una dictadura, sí, y las dictaduras siempre tienen algo de ciencia-ficción. Ciertas democracias, si se lo piensa un poco, también.
Durante
El reciente estreno de Minority Report de Spielberg –también basada en ideas del escritor Philip K. Dick– potencia la efemérides. Veinte años después de Blade Runner, tiene su gracia, Spielberg estrena una película replicante, una vistosa y virtuosa falsificación que acaba agonizando por el mismo motivo por el que agonizan los androides de RidleyScott: la necesidad casi refleja de parecerse a los originales y mejorarlos es lo que los pierde y los derrota. Veinte años después, la derrota de Spielberg es la revancha de Scott. Aunque, en realidad, la dulce venganza comenzó casi enseguida. Como yo, varios salieron de ver Blade Runner sin poder creer lo que habían visto. Pensar en que si Blade Runner fuera un disco sería el primero de The Velvet Underground: en principio rindió poco, pero después influyó como ninguno. La Warner –queriendo capitalizarla al máximo– emitió por su canal de cable la película y lanzó el video y el láser-disc en 1983. Se vendieron bien y se alquilaron mejor. Y revistas como Film Comment y American Film empezaron a publicar “reconsideraciones” de la película cada vez más eufóricas, mientras detectaban y analizaban una nueva y extraña moda: la bdmanía, que para los historiadores nace en diciembre de 1982, con la publicación del primer fanzine dedicado por completo a la película y editado por Sara Campbell, una chica de 26 años que –¿fecha de vencimiento replicante, tal vez?– moriría un par de años más tarde. La antorcha fue rápidamente recogida, abundaron las tesis universitarias (sí, Blade Runner es una de esas películas a las que se puede adjudicar cualquier cosa) y la llegada de los ‘90 y el triunfo del cyberpunk y las computadoras domésticas terminaron de desencadenar la locura. Cientos de sites para discutir hasta el amanecer los aspectos más oscuros y luminosos de la película, las novelas de William Gibson & Co. y –nada es perfecto– todas esas pésimas imitaciones de Blade Runner, todas esas calles donde siempre llueve y las chicas se maquillan como mapaches, todos esos retrofuturos con elementos de los ‘40 y los ‘50. Y el reestreno del director’s cut en 1992 sin voz en off y con unicornio. A los críticos seguía sin gustarles demasiado. Pero la gente que fue a verla se multiplicó, y el público aplaudía cuando Roy Batty decía haber visto tantas cosas porque, bueno, ya lo dije: nosotros lo habíamos visto tantas veces en nuestro televisor que era muy lindo volver a verlo en pantalla grande.Y seguir descubriendo cosas nuevas.
Después
He oído cosas... Como suele ocurrir con los films verdaderamente legendarios, a la sombra de Blade Runner germinó una impresionante cantidad de rumores y leyendas urbanas de la más diversa calaña. Lo que se enumera a continuación ha sido debidamente corroborado.Blade Runner está basada en la novela de Philip K. Dick escrita en 1966 y publicada en 1968 con el título ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Otros títulos en los que pensó el autor fueron El sapo eléctrico, ¿Sueñan los androides?, La oveja eléctrica y el portentoso ¡Los asesinos están entre nosotros!, le gritó Rick Deckard al Hombre Especial. La idea se le ocurrió a partir de un artículo del matemático Alan Turing y la lectura de un diario de un oficial de la SS. A partir del estreno, varias ediciones de la novela optaron por mutar su título a Blade Runner (el propio Dick autorizó una de esas movidas justo antes de morir) y algunas –herejía– incluso modificaron el año en el que transcurre el libro –1992– adelantándolo hasta el 2019 en el que transcurre la película. El film de Ridley Scott tiene algo y poco que ver con la novela de Dick (elimina largos tramos del argumento y mantiene el concepto de un cazador de andys o androides), pero en cierto modo respeta su espíritu. Dick murió antes de ver la versión terminada; pero primero no le gustó lo que le mostraron y después le gustó mucho lo que le mostraron más tarde. Los curiosos y obsesivos encontrarán una conversación sobre el tema tan reveladora como desopilante en el libro What If Our World Is Their Heaven?: The Final Conversations of Philip K. Dick (Over- look Press, 2000).El primer interesado en filmar la novela fue Martin Scorsese, en 1969, pero no tenía dinero para recomprarle los derechos al productor que los tenía en su poder.Las primeras versiones del guión llevaban los títulos Android, Mechanismo, Gotham City y Dangerous Days. El nombre Blade Runner –que no aparece en ninguna parte de la novela de Dick– sale, en realidad, de un libro/guión nunca filmado de William Burroughs, quien a su vez lo había tomado prestado de Alan Edward Nourse, autor de la novela The Bladerunner, que trata sobre traficantes de material quirúrgico y médicos forajidos. A Scott le gustó como sonaba, llamó al autor de El almuerzo desnudo y le ofreció 5 mil dólares por la autorización para utilizarlo. Burroughs respondió enchanté y salió al patio a vaciar su rifle contra todo lo que se moviera a modo de festejo.
Durante un par de semanas –se sabe que es un tipo de lo más ciclotímico– Dustin Hoffman persiguió con ganas el rol de Rick Deckard. Después, creo, se fue a filmar Ishtar con Warren Beatty. Otros nombres que se barajaron fueron los de Tommy Lee Jones y Christopher Walken.Una de las primeras versiones del guión terminaba con Deckard llevándose a la replicante Rachel a un lugar seguro, fuera de la ciudad, para acto seguido meterle una bala entre los ojos y a quemarropa. A Burroughs le hubiera encantado.En un momento del rodaje –cuando todo estaba más o menos fuera de control y lejos del presupuesto original–, los productores despidieron a Scott y volvieron a contratarlo al día siguiente. Nadie sabía cómo terminar... eso. Cuando le dijeron a Harrison Ford que tendría que grabar una narración en off para encimar a la película, el actor –que disentía con semejante idea– decidió hacerlo sin ningún tipo de inflexión dramática y sin entusiasmo, de modo que resultara inutilizable. Ford es muy ingenuo y, ey, seguro que a Burroughs le encantó. (A mí me gusta.)
La escena final de Blade Runner –ese largo travelling a través de nubes y bosques– fue agregada a último momento por los productores, y no lo filmó Scott sino Stanley Kubrick: son sobrantes de las –seguramente– miles de horas de celuloide que el difunto director imprimió para los títulos de El resplandor. “Si me obligan a poner un parche, que por lo menos sea un parche dirigido por Kubrick”, pensó Scott, y llamó por teléfono y Stanley se mostró encantado. A Kubrick le gustó mucho Blade Runner, lo que no es muy sorprendente: Blade Runner es una de las películas más Kubrick jamás filmadas por alguien que no fuera Kubrick, a la vez que incursiona en una de las vetas más interesantes, ricas y profundas de 2001: Odisea del espacio. Ya saben: en el futuro, dentro de muy poco, las máquinas serán mucho más sensibles y líricas que los hombres que las crearon.
La secuencia onírica del unicornio –añadida por Scott para el director’s cut y pieza clave para los defensores de la idea de que Deckard es replicante– sale de unas tomas descartadas por el director para su siguiente film, el muy fallido Leyenda.Contra lo que se piensa, no hay dos versiones de Blade Runner –la que se estrenó originalmente y el director’s cut– sino cinco: la versión que se vio en los preestrenos de Dallas y Denver (que no le gustó a casi nadie), la versión del preestreno en San Diego (a la que se le agregó la narración en off y el final feliz), la versión con retoques de última hora que se estrenó en Estados Unidos (supongo que fue la que se estrenó en la Argentina), la versión internacional (un poquito más larga y más violenta), y el director’s cut. Muy apropiado si se tiene en cuenta que Blade Runner trata sobre réplicas, dobles, falsificaciones. En julio del 2000, la televisión inglesa emitió otra nueva versión con escenas inéditas entre las que se destaca una que transcurre en un hospital y hasta la próxima, amiguitos...
La maldición de Blade Runner: la película de Scott no sólo fue pionera e innovadora en muchos campos; también quiso ser un gran negocio en concepto de publicidad subliminal, con todas esas marcas registradas adornando el convulsionado paisaje de la Los Angeles que Steven Spielberg recientemente sintetizó como “sushi y lluvia ácida”. Muchos se apuntaron, claro, pero al final la película se estrenó y fue un estrepitoso fracaso y, por el mismo precio, dicen, significó el tiro de gracia para varias de las empresas involucradas, que jamás llegarían a ese 2019 en el que Rick Deckard corre y corre y corre. Aquí están, éstas son, descansen en paz: la telefónica Bell, Atari, Cuisinart, Polaroid y Pan Am. Coca-Cola, que por entonces se disponía a lanzar la catastrófica New Coke, se salvó por un pelo.La serpiente que exhibe la replicante Zhora (Johanna Cassidy) era la mascota de la actriz en la vida real. Una cariñosa pitón llamada Darling.Harrison Ford (quien luego de Star Wars y Los cazadores del arca perdida sentía que a todo el asunto le faltaba “un poco de acción”) estuvo muy pero de muy mal humor durante todo el rodaje. En especial con su coprotagonista Sean “Rachel” Young (que desplazó a la primera opción, Barbara Hershey): sólo le dirigía la palabra cuando filmaban juntos (esa inolvidable y perfecta y bizarra escena de amor), y siempre le corregía la dicción. Todavía hoy Ford habla de la película con cierto desprecio: “En Blade Runner yo era un investigador que no investigaba y al que le pegaban todo el tiempo. No es una película mía, es de Ridley Scott. Tal vez”. Scott se limitó a declarar: “Hay ocasiones en que la puesta en escena es la acción”. Scott 1, Ford 0.La falta de tiempo y de presupuesto extra obligó a utilizar todo lo que hubiera a mano para construir las maquetas de la ciudad. Así, el diseñador Bill George se permitió la travesura de injertar una réplica de la nave Milennium Falcon de Hans Solo (el personaje de Harrison Ford en Star Wars) en uno de los flancos de un edificio. Si se la busca cuadro por cuadro, se la puede ver casi al principio, en la escena en que Gaff lleva a Deckard al cuartel de policía. Años más tarde, Lucas le devolvió la atención en Episodio I: La amenaza fantasma, donde pueden verse un par de patrulleros spinners de policía volando por los cielos del planeta Coruscant. El soundtrack oficial de la película –a cargo de Vangelis– recién apareció doce años después del estreno de la película. Por el camino se oyeron múltiples versiones pirata del tema preferido, creo, para cortina de programas deportivos y argentinos.
La secuencia del combate final entre Deckard y Batty –originalmente concebida como un duelo de karate– fue recoreografiada por Rutger Hauer de un modo más “primal”. Buena idea. A Hauer también se le ocurrió lo de la palomita. Mala idea.El justamente célebre y cuasi-shakespeareano monólogo final del replicante Roy Batty era más largo. Rutger Hauer propuso acortarlo y, además, improvisó in situ eso de “Todos esos momentos se perderán. Como lágrimas en la lluvia. Hora de morir”. Bien hecho, Rutger. Después abrió la mano para que la palomita saliera volando. Pero la palomita salió de escena caminando porque estaba muy mojada y no podía volar. Solución: filmar otra palomita en otra parte. Seca. De ahí que en la película se la vea ascender hacia una aurora limpia de nubes pero, sí, con voz en off. La cuestión –largamente discutida– de si Rick Deckard es o no un replicante surgió a partir de un malentendido entre Scott y uno de los guionistas, David Peoples (el otro fue Hampton Fancher). El director leyó mal una parte del guión en la que Deckard, pensándose en voz alta y en irónico off, decía: “Yo también soy un modelo de combate”. Scott lo interpretó literalmente y a partir de entonces comenzó a insertar en el film pequeñas pistas desconcertantes; entre ellas, el dato de que se fugaron seis replicantes, uno murió al llegar a la Tierra y –dado que Deckard elimina a cuatro– ¿dónde está el quinto? La confesión final tuvo lugar en el documental para televisión On the Edge of Blade Runner (2000), donde el director finalmente reconoció que Deckard no se hace: es.


Siempre
Hoy nadie duda de la importancia de Blade Runner. Abundan los libros sobre su trascendencia (quizás el más completo sobre el aspecto cinematográfico sea Future Noir: The Making of Blade Runner, de Paul M. Sammon; el más académico es, seguro, Retroffiting Blade Runner, de Judith Kerman) y, desde la platea, los pronunciamientos admirados de vips como Fernando Savater (“Es la mejor muestra de metafísica hecha celuloide”) o Guillermo Cabrera Infante (“Es un gran cuento de hados”). En lo que a mí respecta –desde el supe–pullman–, diré que Blade Runner es el equivalente sci-fi de Casablanca: una historia que apela a lo ancestral y que funde un sinfín de mitos, una trama para armar, un misterio que no cesa y al que se vuelve una y otra vez, como si fuera un café llamado Rick’s o –ya que estamos– Rick Deckard’s.De vez en cuando surgen rumores sobre una inminente e inevitable segunda parte de Blade Runner. Scott tiene desde hace tiempo en carpeta un proyecto sci-fi con el título, obviamente provisorio, de Metrópolis, y cambia de tema cada vez que le preguntan. En cualquier caso, ahí están las tres aceptables novelas/continuación de Blade Runner firmadas por W. K. Jeter –discípulo reconocido por Dick en vida–, listas para ser manipuladas, cambiadas o lo que venga. Scott afirma que la condición única e inevitable es que Deckard se asuma como replicante de una vez por todas. Lo que, supongo, permitiría cambiarle la cara de Harrison Ford –yo voto por Christopher Walken– y a ver qué pasa y alguien sabe, alguien puede decirme cuándo va a parar de llover. Espero que nunca.