jueves, 7 de febrero de 2008

26 veces en el 2019, Gonzalo Martínez

Tenía 15 años cuando en mi familia compraron la primera videocasetera. Crecían los videoclubes al ritmo de las canchas de paddle y con mi amigo Carlos dejamos los jueguitos de la Commodore 64 por un rato para instalarnos a ver películas en casa. Siempre eran dos o tres seguidas; largas horas con los ojos vidriosos viendo películas de acción. En particular nos gustaban las de ciencia ficción. Yo leía Bradbury, Asimov, Ursula K. Le Guin, Frank Herbert, Arthur C. Clarke y todos esos libros que les sacaba a mis hermanos y a mi viejo. Un día, al azar, vimos una película de la que no sabíamos nada, nos gustó la gráfica de la cajita en el videoclub y la llevamos junto a otras dos que ni recuerdo. Esa de la que no sabíamos nada era Blade Runner, de Ridley Scott. Y algo pasó cuando la vimos. Quedamos fascinados por completo, nos parecía diferente. No entendíamos del todo el argumento y eso nos daba ganas de verla otra vez. El primer día la vimos dos veces seguidas. Al día siguiente otra vez y otra vez y otra vez. En el transcurso de una semana la vimos 26 veces. Fue ese número exacto: las contamos. Nos parecía algo heroico y distinguido. Era justo lo que necesitábamos. Ver una película 26 veces en un puñado de días.
Creo que ahora puedo recordarla completa: luego de un largo texto que explicaba la situación en el año 2019, aparece la vista de esa ciudad del futuro, una toma como desde una terraza. Los edificios, las luces, unas torres piramidales que sobresalen de la masa urbana, los autos que vuelan en líneas rectas a distintas alturas y unas explosiones de chimeneas industriales. Todo contra un cielo oscuro y siempre lluvioso. Luego aparece el primer plano de un ojo. El ojo ve la ciudad; las explosiones de las chimeneas lo inundan de fuego. El ojo pestañea, y más adelante sabremos que es el ojo de un replicante, de un robot. El robot se ha escapado de la esclavitud y disfruta la vista de su ciudad del futuro. Y así seguían las imágenes hasta el final. Harrison Ford, el policía protagonista, huye con la chica robot que debía matar. Se enamoraron. Tienen el mismo problema: ninguno de los dos sabe quién es realmente. Entonces huyen juntos, se alejan volando en auto de la ciudad. Un frondoso y colorido bosque de pinos pasa a toda velocidad por debajo de ellos. Bosques en la montaña, de fondo el cielo, por primera vez, como una cortina celeste, y el auto escapa a toda velocidad mientras suena la adrenalínica música de Vangelis, que luego escucharía en tantas transmisiones televisivas de fútbol.
Creo que lo que más nos gustaba de la película era una especie de identificación con estos robots-replicantes: eran artificiales, diferentes y perfectos, eran inocentes y tenían que ser aniquilados. Sentíamos que hablaba de nosotros, los adolescentes, como una versión mejorada de los adultos y que éstos no pueden soportar.
Recuerdo que no queríamos que terminara, leíamos los títulos hasta el final tratando de memorizar los nombres. De ahí me quedó esa manía. Recuerdo que había una banda ¿de música? que se había puesto el nombre por un cartel que se veía en la marquesina de un teatro, en el fondo de una toma. Creo que eran Los Mimilocos o algo así. Con Carlos revisamos la película para ver el cartel.
“All these moments will be lost in time like tears in rain”. Era la última frase del robot interesante, antes de morir. Condensaba la visión apasionada de la vida: única e irrepetible, y merecía un final mejor, merecía por lo menos ser recordado, aunque el que recordara fuera un robot (o un adolescente). Aprendimos la frase de memoria –recién empezábamos con el inglés en la secundaria– y la frase nos parecía perfecta. Concisa, profunda y accesible. La repetíamos imitando la cadencia de Rutger Hauer, en la escena con la fallida imagen de la palomita que sale volando de entre sus manos cuando ya no tiene fuerzas para retenerla.
Crecí viendo cómo la película se hacía de culto, y luego se transformaba en un clásico. A los 23 años, 8 años más tarde de esa primera impresión, fui al cine a ver la versión con el corte final del director. Estuvo bien pero no fue como cuando tenía 15 y la vi hasta quemarme los ojos. Ahora no puedo verla sin recordar toda esa historia de vanidad adolescente.

Blade Runner (1982, dirigida por Ridley Scott)
Escrita por Hampton Fancher y David Peoples sobre la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, del escritor Philip K. Dick, y protagonizada por Harrison Ford, Sean Young, Rutger Hauer, Daryl Hannah y Edward James Olmos, esta ambiciosa distopía ambientada en Los Angeles en el 2019 fue un fracaso comercial en su estreno, pero con los años se transformaría en una de las películas más importantes de la ciencia ficción contemporánea.
Narrada con elementos que remiten al film noir, la película exploraba entre sus temas centrales —además del de la sociedades autoritarias gobernadas por megacorporaciones— una obsesión propia del autor de la novela, la búsqueda de la identidad; con un ojo puesto en los avances de la por entonces incipiente ingeniería genética y el diseño de vida artificial. Paranoico, esquizofrénico, víctima de una obsesión persecutoria en los años ‘70, Philip K. Dick murió en marzo de 1982, un par de meses antes del estreno de la película, que sería apenas la primera de una creciente cantidad de adaptaciones al cine de su obra. En las dos décadas y media transcurridas desde entonces, se estrenaron ocho películas basadas en sus relatos, incluyendo El vengador del futuro, Minority Report y la reciente El vidente. El año pasado Ridley Scott proyectó en festivales y lanzó en DVD el que, dice, es el verdadero “corte del director”, con el título Blade Runner: Final Cut.
La última frase en inglés dice: “Todos esos momentos se perderán como lágrimas en la lluvia”.
Página 12, Buenos Aires, 27 de enero de 2008